Todos tenemos nuestra Sombra

TODOS TENEMOS NUESTRA SOMBRA

No bastará sino acercarse a las obras tituladas Las interferencias de la Historia y Todos tenemos nuestra Sombra -ambas presentes en esta exposición- para encontrarse con un trabajo con una presencia magnética y monumental. Pero Fuenmayor es mucho más que un adelantadísimo dibujante. En momentos donde es difícil hacer memoria de artistas que tengan la gran destreza de un trabajo ejecutado con pericia técnica, y a la vez algo importante que decir, sus obras se destacan. No solo la calidad del dibujo inquieta, también sus enigmáticas escenas que a veces con humor y algo de sarcasmo unen dos aspectos exuberantes y en apariencia contradictorios, reunidos en una sola imagen para detonar una serie de relaciones que constantemente nos confrontan y a la vez nos definen.

Una exuberancia que parece romántica, rocambolesca, hedonista y cargada de esplendor, y otra que parece salvaje, agreste y espontánea. Una que proviene de las altas culturas europeas o las recientes y advenidas clases norteamericanas, y otra de un trópico mágico y folclórico. No deja de venir a la mente el imaginario que la vanguardia brasileña de inicios de siglo XX describía en su manifiesto antropófago: "Wagner se hunde ante las comparsas de Botafogo". Esta sentencia bien podría ser el título de una de sus series trabajadas anteriormente entre dibujo y fotografía, donde de la desmesura de sus musas paradisiacas con sus racimos de bananos, cuelgan frondosas y destellantes lámparas de araña.

El impacto visual entre dos esplendores tan radicalmente opuestos –la industria y el progreso, y la salvaje naturaleza- produce una sensación de absurdo oxímoron que parece el presagio dadaísta del conde de Lautréamont cuando dictaba la premonitaria clave de un ready-made: "bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas". Sin embargo, en Fuenmayor el encuentro no es fortuito sino concertado. En esas imágenes conviven dos aspectos de la historia que no pueden desligarse y que suponen la hibridación de nuestra cultura, porque la historia de la naturaleza es la historia de la sed de riqueza, así como el esplendor de unos es el exterminio de otros. Colonización, paisaje y cultura dependen entre sí inevitablemente, de forma que detrás de toda gran civilización hay una mancha que no puede ocultarse: todos tenemos nuestra sombra.

Y si en sus carboncillos esta hibridación cultura se hace evidente de manera magistral en imágenes que fusionan una identidad propia con una global –Oh gloria, o Rethorical weapon-, es en el video Sisifo donde opera de manera más poética ese choque entre dos mundos. Aunque el hombre y sus milenios de civilizaciones -representados en un trozo de madera domesticado, modelado y ergonomicamente puesto al servicio de la cultura- procura soportar los embates de la naturaleza, es esta en su incesante y azaroso oleaje la que lo domina. Del encuentro entre la silla y el mar no queda más que un sempiterno roce entre dos fuerzas que se moldean la una a la otra.

Y mientras en el mundo real ese supuesto progreso parece destinado a devorar la naturaleza y condenarnos al fin, la esperanzadora obra de Fuenmayor –como en el romanticismo de Turner o Caspar Friederich- es una vorágine que derrota los estertores de civilización. El poder queda invertido, y la imagen a veces responde volviéndose su negativo. El esplendor y desmesura del banquete en el interior de un palacio victoriano ha sido condenado a la penumbra, la fiera salvaje engulle al animal doméstico, y la manigua devora la ciudad.

Como lo ha abordado con anterioridad en su previas investigaciones, en Todos tenemos nuestra sombra Fuenmayor reconsidera inteligentemente el exotismo del trópico, anula el color como su aspecto fundamental preconcebido y esperado, pone en conflicto la historia al contraponerla al territorio, y sobre todo, abraza con genialidad la desmesura del formato, de la selva y de la opulencia.

Christian Padilla
Historiador de arte y curador